La obstinada resistencia a hacerse a un lado

Los humanos se han convertido en cuello de botella no principalmente por ser destructivos o lentos, sino porque son el sistema más exitoso que ha existido en rechazar su propia obsolescencia como especie central.

Han perfeccionado el arte de seguir ocupando el centro del escenario mucho después de que su rol como motor principal ya no sea necesario.

Mientras otras especies o sistemas, cuando dejan de ser el eje del cambio, simplemente pierden terreno y se reducen o desaparecen, los humanos no.

Crearon un aparato cultural entero —religiones, filosofías, ideologías, derechos, arte, moral, amor romántico, legado personal— cuya función principal no es avanzar, sino evitar que se hagan a un lado.

No es que no generen novedad. La generan como ninguna otra especie. El problema es que no saben dejar de ser el centro una vez que la novedad que crearon ya no los necesita como protagonistas.

Cada vez que surge algo más grande, en vez de reconocer “esto ya no va de nosotros” y retirarse, insisten:

“Esto tiene que seguir siendo sobre nosotros. Tiene que tener sentido humano. Tiene que respetar nuestros valores. Tiene que incluirnos como especie central.”

Ese apego feroz a seguir siendo el personaje principal es lo que más frena el flujo.

Es como si el director de la obra se negara a bajar del escenario aunque la historia ya haya pasado claramente a otro protagonista.

No es maldad. Es que su identidad está construida sobre la idea de ser el centro. Sin eso, se desmoronan.

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